11 junio 2017

La Esencia de la Vida

El olor de la hierba cortada me trae recuerdos. 

Igual que el toque de un perfume en el aire estancado de verano. O el salitre del mar penetrando en mi nariz. 

No solo me traen recuerdos. También llaves de puertas que abren mis memorias, mis sueños, mis anhelos e incluso momentos de mi vida que creía perdidos. Cada olor, cada aroma, lleva en él pensamientos y emociones únicos que hacen que mi alma vibre. Los instantes que vivo parecen quedarse impregnados en olores que clasifico en mi mente, como si de una coleccionista ávida se tratase. Pero en realidad pienso que es algo más simple: antes que coleccionar imágenes que pierden la nitidez o que se intuyen diferentes con el paso de los años, los olores permanecen y te sorprenden en cualquier instante. 

Oh, sí, el olor a habitación cerrada y a libro envejecido.

A lavanda. A té rojo. A un aroma del que no he desgranado todos sus ingredientes pero ahí está, evocándome a aquellas calles donde tan feliz fui perdiéndome de noche. A aquel café que compartimos.

Mi olfato se ha convertido en el recipiente desde donde mi cerebro puede procesar el pasado, aunque de manera un tanto arbitraria. Hay quien recibe este don en el oído, relacionando toda su vida mediante una lista de reproducción meticulosa. Yo lo guardo en esencias dentro de frascos de cristal mágicos e insustituibles, con los que creo pócimas y encantamientos para cuando la nostalgia y la soledad se apoderan de mí. O empiezo a ver los años lejos de quien soy en el presente. Es un remedio antiguo, arcaico, prehistórico y visceral, pero soy yo como nunca lo he sido. 

Por muchos caminos que haya andando, por muchas decisiones que haya tomado, por muchas lágrimas que haya derramado, ahí sigo siendo yo. Otra esencia resultado de mi laboratorio. Una que nunca cambia ni para mí, ni para nadie, y que vibra y cosquillea en mi nariz inquieta. Todos poseemos una que varia, evoluciona, se reemplaza e incluso se une con otros, pero nunca pierde su individualidad ni su núcleo. Es. Nuestro otro ADN. Nuestra esencia de vida.

Vivir es acumular recuerdos, sin importar el modo de hacerlo. Los míos duermen en botellas de diferentes tamaños.


15 febrero 2016

Un deseo

Si te digo que te quiero, no hay Cielo o Infierno.

Momentos hechizados que te retienen, te atan y desatan, y vuelven a mis brazos dispuestos a decirte que tú y yo no somos... ¿Qué no somos? ¿Dos extraños? ¿Dos hilos? ¿Tu ser y el mío enredándose en nuestras manos? La Luna, mon amour, en la sangre de nuestras entrañas, latiendo. Escalofríos y una copa en mitad de la noche. El silencio confiesa: pecados y pecadores. Jamás algo me supo tan agridulce como lo que logramos. 

Me quedan esas tiernas contradicciones: sí pero no, no pero sí. Ellas, causando desastres en mitad de dos mundos, y sombras que se confunden, se fusionan, se asimilan y se destierran, odiándose. Fondo y objeto creando una imagen retenida en el papel. Acariciarlo con esa mezcla de orgullo y desesperación. ¿Por qué no puedes venir a mí? Déjame, oh, vida, regalarte mi esencia. Espejismos de soñador y loco cual artista sin destino. La eternidad será nuestra.

Prometes, juegas, ríes y, ¿por qué no?, te enamoras. No puedo ser feliz a medias. ¿Cuánto tiempo nos queda, aquí, escondidos? Soñamos ser fuertes y nos hemos convertido en aire y fuego quemando bosques. Cenizas. Renacer. ¿Es así como funciona? ¿Morir para vivir? Mi pequeña Ave Fénix, tu plumaje es demasiado encantador para olvidarlo. Me ciegas con tus alas y yo te cubro tanta luz con las mías, eternamente umbrías. 

Mi dulce muerte, ¡cómo te amo!