12 enero 2018

Venda

Tras el tiempo se oculta mi anhelo.

Ese que me empuja a saber quién eres, a saciar mi curiosidad y a perdonarte porque allí donde estás ni quiera sabes que existo.

Quizás esos suspiros que me despiertan cada noche no son los temblores de la oscuridad sino los latidos de un corazón perdido. El mío, que brinca por una pizca de libertad.

Al cerrar los ojos sigo sintiendo que me fundo con un bosque que es mi hogar, en tanto tú gritas un nombre que hace tiempo que no me pertenece. Las letras se pierden y solo me queda tu deje grave en las sombras.

No, al menos, en esta existencia que tocas con la yema de tus dedos, desconozco tu identidad. Nadie sabe reaccionar ante un fantasma tan bien como yo y aún así, querido, eres una voz que silencia el resto.

Confundes mi duda con la ignorancia de la que no alardeas. Sería gracioso saber que, en el fondo, somos solo dos locos con mucho mundo interior. Sigamos, pues, escribiendo hasta que casualmente tiremos tanto de nuestro hilo que se rompa.

O nos una. Para siempre y para nunca.


11 junio 2017

La Esencia de la Vida

El olor de la hierba cortada me trae recuerdos. 

Igual que el toque de un perfume en el aire estancado de verano. O el salitre del mar penetrando en mi nariz. 

No solo me traen recuerdos. También llaves de puertas que abren mis memorias, mis sueños, mis anhelos e incluso momentos de mi vida que creía perdidos. Cada olor, cada aroma, lleva en él pensamientos y emociones únicos que hacen que mi alma vibre. Los instantes que vivo parecen quedarse impregnados en olores que clasifico en mi mente, como si de una coleccionista ávida se tratase. Pero en realidad pienso que es algo más simple: antes que coleccionar imágenes que pierden la nitidez o que se intuyen diferentes con el paso de los años, los olores permanecen y te sorprenden en cualquier instante. 

Oh, sí, el olor a habitación cerrada y a libro envejecido.

A lavanda. A té rojo. A un aroma del que no he desgranado todos sus ingredientes pero ahí está, evocándome a aquellas calles donde tan feliz fui perdiéndome de noche. A aquel café que compartimos.

Mi olfato se ha convertido en el recipiente desde donde mi cerebro puede procesar el pasado, aunque de manera un tanto arbitraria. Hay quien recibe este don en el oído, relacionando toda su vida mediante una lista de reproducción meticulosa. Yo lo guardo en esencias dentro de frascos de cristal mágicos e insustituibles, con los que creo pócimas y encantamientos para cuando la nostalgia y la soledad se apoderan de mí. O empiezo a ver los años lejos de quien soy en el presente. Es un remedio antiguo, arcaico, prehistórico y visceral, pero soy yo como nunca lo he sido. 

Por muchos caminos que haya andando, por muchas decisiones que haya tomado, por muchas lágrimas que haya derramado, ahí sigo siendo yo. Otra esencia resultado de mi laboratorio. Una que nunca cambia ni para mí, ni para nadie, y que vibra y cosquillea en mi nariz inquieta. Todos poseemos una que varia, evoluciona, se reemplaza e incluso se une con otros, pero nunca pierde su individualidad ni su núcleo. Es. Nuestro otro ADN. Nuestra esencia de vida.

Vivir es acumular recuerdos, sin importar el modo de hacerlo. Los míos duermen en botellas de diferentes tamaños.