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Expresar(me)

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Palabras. Términos. Vocablos.  Que se atascan en la garganta, en el pecho y en el cerebro. Dotadas de impulso, de emoción, de locura.  Todas ellas, enredadas entre sí, pugnando por salir. Por materializarse en la hoja en blanco. Luchando por subsistir. Vencidas y derrotadas a la vez. Batallando hasta que de ellas solo perdura el eco. Bloqueadas. Inmovilizadas. Atadas. Camuflándose en el escenario. Penando en los pasillos. Confabulando con el olvido. Reminiscencias espinosas de cuando fueron aire y pensamiento. De cuando su presencia fue divinidad. Una a una, se posan. Una cacofonía dactilar que las airea.  Noción. Discernimiento. Comprensión. Con nombre, presencia y sentido. Se dejan caer en la mente, ordenadas, otrora anárquicas. Aceptan deslizarse entre la maraña salvaje para ser plasmadas. Por fin expuestas a la luz. Arriban. Exhaustas. Heridas. Turbadas.  Felices. Fotografía de Glen Carrie

Plañido

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Huecos. Desesperantes, acuciantes, suplicantes. Indignos de las despedidas que ojalá nunca hubiera sido, que ojalá nunca mueran en mi memoria. Más de un año después, me envuelvo en la capa de vuestros últimos minutos de existencia, como si así pudiera parar el tiempo en otras realidades. Puede, de esta manera, que todavía tuviese la esperanza de rozaros en esas noches de finas separaciones entre mundos, mientras os llamo a escondidas. Espío los recipientes de madera que os han acogido, ahora que de vosotras solo quedan las cenizas, las fotografías y los recuerdos. Entre la esperanza y la desesperanza, los observo, y egoístamente lanzo deseos a la Luna, esperando que me oiga y os traiga de vuelta. Lo hago con la angustia del deseo, por el cual volver a amaros, volver a acariciaros, volver a acogeros en mi pecho y volver escuchar todos los sonidos que hacían vuestros cuerpos vivos. De vosotras quedan historias agazapadas en mí; anécdotas que asaltan mi mente sin previo aviso. Trenzo los ...

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Recorro la orilla de un tiempo incierto, atravesando los jirones de bruma que se anclan entre mis dedos. El eco de pasos curiosos se cuela en el centro de mi pecho, restableciendo un latido otrora apagado. Alrededor, la niebla resalta una ausencia de naturaleza ficticia. Despierta mi instinto y da forma a este emplazamiento en el que he decidido perderme. El escenario en el que, después de tantos posibles, ha dado la bienvenida a uno. Tú. Esa certeza, que llega abruptamente a mi mente y a mi alma, es la respuesta que te hace despertar. Entonces noto el calor que posees y se desliza entre los poros de mi piel, sedientos, incontrolables. Te acepto. Te doy la bienvenida. Espero que te acomodes en ese refugio que he preparado a conciencia durante años. La nada se llena de amor, de deseo, de algo pletórico que relaciono imperecederamente con tu tacto. Nos hemos apoderado el uno del otro, así que sellamos un pacto. En silencio, sin palabras. Enlazados a este final y principio, el destino nos...